Cuando veo - me decía el anciano médico mi amigo, apoyando la barba en el dorso de las manos que descansaban sobre el puño de marfil de su bastón de ébano, sentados los dos en la banca más sombría del parque, una noche en que por entre el follaje espeso esparcía la banda militar sus jocundas fanfarrias- cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas a estas madres sanas, alegres, triunfales, porque sus niñas de nada carecen, porque pueden satisfacerles todos los caprichos, porque las aguarda tal vez un matrimonio honroso que se celebrará con toda la pompa de los rituales mundanos, recuerdo enseguida a aquella otra madre desdichada, a quién, en los primeros años del profesorado, asistí en su enfermedad mortal –un caso de hipertrofia del corazón- y quien me hizo la confidencia de la última era de su vida, allá en la mareante y portentosa ciudad de las audacias imprevistas… Esta
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Tríptico místico - II - Umbra (Darío Herrera)
Darío Herrera
Tríptico místico - II - Umbra
En el crepúsculo vespertino,
en el crepúsculo allá a los lejos,
de las campanas llegaba el Angelus
en notas tristes como plegarias de los enfermos.
En las persianas
zumbaba el cierzo.
Tenaz la lluvia
borbollonaba sobre los techos;
y acá, en su alcoba,
en la blancura virgen del lecho,
entre las pompas de la mortaja,
estaba inmóvil, glacial, su cuerpo!
Sobre su frente palidecida,
y en lo sombrío de su cabello,
los cuatro cirios ponían un nimbo,
extraño nimbo que titilaba con livideces de fatuo-fuego. . .
Clavado al muro,
en lo solemne de aquel silencio,
ebúrneo Cristo se retorcía,
sangrante y mustio como un emblema del sufrimiento.
Yo lo miraba
cerca, muy cerca del níveo lecho,
mientras mi mano cálida, trémula,
cogía la suya, rígida y fría como de hielo. . .
sobre su rostro,
lirio marchito por el invierno,
de mis tristezas vertí las lágrimas,
de mi congoja cayó el aliento!
Súbitamente
sus dos pupilas -soles difuntos- resplandecieron;
a su semblante
le dio la Vida su lustre bello,
y así sus labios,
cual en un ruego,
“¡Nunca me olvides!”, me sollozaron,
“¡Nunca me olvides!”, me repitieron. . .
Y entre las pompas de la mortaja,
en la blancura virgen del lecho,
callada exangüe,
glacial, inmóvil quedose luego,
mientras el Angelus de la campanas
iba extinguiéndose, allá a lo lejos,
en notas tristes como plegarias,
como plegarias de los enfermos;
en las persianas tenaz zumbaba,
zumbaba el cierzo,
y –ya al principio de aquella noche-
siguió la lluvia borbollonando sobre los techos!. . .
Tríptico místico - I - Penumbra
TRÍPTICO MÍSTICO
- I –
Penumbra
(Darío Herrera)
Fue una tarde ya lejana. Yo leía el bello opúsculo
De la vida desolada de aquel trágico cantor,
cuyas rimas son tan tristes como el pálido crepúsculo
con que inicia sus inviernos el hastío del amor.
Y ante el piano ella sentada, con sus manos cual dos lirios
los armónicos marfiles agitaba sin cesar,
y una música surgía que evocaba los martirios
del que viaja por los yermos hiperbóreos del pesar.
En la calle resonaban, como insólito sarcasmo,
las canciones bulliciosas del alegre carnaval,
y sus ecos se apagaban en el tétrico marasmo
que envolvía nuestras almas en su atmósfera glacial.
Sus cabellos descendían, simulando fúnebre ala,
a su talle doblegado como el tronco de un saúz,
mientras iban envolviéndola, extendidos por la sala,
los inciertos, misteriosos estertores de la luz.
De las torres se elevaba la plegaria de los bronces
cual un ruego del crepúsculo al espíritu de Dios. . .
Se miraron a distancia nuestros ojos, y hubo entonces
mil presagios de amarguras en los ojos de los dos. . .
Calló el piano. Lentamente avanzó ella por la alfombra. . .
Ya la noche la envolvía en la seda de su tul,
y su rostro, hermoso y pálido, emergía de la sombra
como un astro solitario de lo obscuro del azul.
En mi hombro reclinóse blandamente su cabeza. . .
Nuestros labios se juntaron en un beso sin rumor. . .
Y en el beso aquel pusimos toda la íntima tristeza,
todo el duelo de presagios que enlutaba nuestro amor. . .
Héctor Canales - El más feliz
Un día, el último día del año, se encontraron en uno de esos inmensos basureros que existen en las grandes ciudades, cuatro mendigos congregados alrededor de una hoguera.
Uno de ellos ―que era ciego― recordando la fecha, empezó a decir:
―”Otro año que pasa y yo estoy un paso más cerca de la muerte. Esta noche, muchos de los que viven en la ciudad harán un recuento de las obras realizadas durante el año que termina y son muy pocos los que se sentirán verdaderamente satisfechos. Pero gente como nosotros, yo especialmente, gracias a mi ceguera, puedo decir que he gozado uno de los más felices años de mi existencia”.
Cuentos escogidos panameños - Darío Herrera
La nueva Leda
La tarde está linda, mamá; hoy no siento fatiga, no he tosido desde esta mañana… ¿Ves? Respiro muy bien, y creo que pronto estaré bien. Déjame ir a Palermo: no es día de corso y el paseo me pondrá mejor… te lo aseguro.
Él
Nos conocimos hace muchos años.
En aquel entonces ambos éramos unos niños.
Se puede decir que crecimos juntos y nos veíamos casi a diario; como a la hora de peinarnos para ir a la escuela. Lo hacíamos siempre juntos, frente uno del otro.
Conforme fuimos creciendo nos veíamos con más frecuencia, y mucho más en la adolescencia; ya sacándonos los barritos y espinillas de la cara; ya acicalándonos para parecer, según nosotros, más atractivos a los ojos de las chicas…
A veces también, y no me da pena decirlo, ya de más grandes, nos gustaba vernos haciendo cosas obscenas… era muy excitante.
Pero con el paso de los años, él cambió mucho; se fue haciendo viejo, gruñón y desaliñado. Su cara ya no sonreía alegre, ni se le veía feliz como antaño.
Su mirada perdió aquella luminosidad que tanto me gustaba ver en sus ojos, y la mueca de amargura que se dibujaba en sus labios, nada tenía que ver con la radiante y contagiosa sonrisa de ayer.
El problema es que, así como le veía, así me hacía sentir; como él. Por eso ya no me gustaba verle… me resultaba molesto… incómodo…
Desde hacía ya algunos años le rehuía al encuentro, y si este se daba, le rehuía la mirada… le escondía la cara…
Le sentía cada vez más insoportable… tanto, que llegué a odiarle… tanto, que llegue a pensar en deshacerme de él… tanto, que ayer lo he logrado…
Sí… ayer rompí el espejo, para no mirarle.
La Bestia
El leve movimiento de una mano sobre mi hombro me despertó de mi inquieto sueño… era mi compañero que señalaba la entrada de nuestro refugio para decirme, sin palabras, que ya la noche estaba cayendo. Miré hacia afuera, me volví hacia él y asentí con la cabeza.
Ya no recuerdo cuánto tiempo llevábamos así; viviendo en esa zozobra, escondidos de día y saliendo sólo de noche para conseguir algo de alimento para nuestras familias.
Recuerdo que éramos más de 100 habitantes en nuestra colonia. Ahora sólo quedábamos unos cuantos. 14, para ser exactos, entre pequeños y adultos. Los demás habían sido devorados por “la bestia”.
Recuerdo que éramos más de 100 habitantes en nuestra colonia. Ahora sólo quedábamos unos cuantos. 14, para ser exactos, entre pequeños y adultos. Los demás habían sido devorados por “la bestia”.
Había más colonias y más refugios, pero a ciencia cierta no sabría decir cuántos habitantes quedaban vivos aún.
Sí, “la bestia”. Un enorme y feroz animal que desde hacía meses merodeaba por
Xavier Vargas Pardo
Nació en Tingüindín, Michoacán, el 11 de septiembre de 1923. Realizó estudios en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara. Como pintor llevó a cabo varias exposiciones con éxito.
Laboralmente se desempeñó en compañías de publicidad, tanto en nuestro país como en los Estados Unidos de Norteamérica. Al final de su vida laboró para Kodak México en la ciudad de Guadalajara Jalisco.
Vargas Pardo desarrolló la capacidad para escribir textos literarios ganando el Premio del Cuento del Periódico El Nacional. A inicios de los años 60's escribió su única obra: Céfero. Un libro de cuentos donde utiliza un estilo literario que rescata linguísticamente modismos purhépechas de Michoacán.
Escribió otro libro de cuentos, pero nunca quiso publicarlo porque no le concedió la calidad del primero.
Fue contemporáneo y amigo de Juan Rulfo, Edmundo Valadés, Juan José Arreola y Alí Chumacero, entre otros. Vargas Pardo frecuentó los círculos intelectuales de la ciudad de México pero no se posicionó como un escritor profesional. Escribió Céfero y le pareció que esa obra era su contribución a la Literatura Mexicana. Siempre estuvo consciente de la trascendencia del trabajo que desarrolló y supo que con los años -aunque la edición se agotó, y él no hizo esfuerzo alguno para su reimpresión- su obra sería rescatada y revalorada. La primera edición se imprimió en 1961 por el Fondo de Cultura Económica. La segunda se hizo en el año 2002 por Editorial Los Reyes. En el 2004 el Fondo de Cultura Económica hace una reimpresión, y la tercera edición se imprime en el 2011 por la Secretaría de Cultura de Michoacán.
En esta tercera edición, las ilustraciones son del mismo Xavier Vargas Pardo. El diseño y formación son de Paulina Velasco Figueroa, y la captura de textos fue realizada por Oyuki González Reyes. La presentación de esta edición la hace el Mtro. Jaime Hernández Díaz, Secretario de Cultura en ese momento.
Sus últimos años los dedicó a dibujar una extensa obra de pequeñas viñetas, las cuales obran en poder de su familia.
Xavier Humberto Vargas Pardo falleció en Guadalajara, Jalisco, el 22 de mayo de 1985.
El siguiente artículo sobre Vargas Pardo fue publicado en "www.lahuesuda.com".
Qué orilla a un escritor a renunciar a escribir. Qué lo obliga a decir “no”. El asunto es muy complejo, a Juan Rulfo, después de que publicó Pedro Páramo y El Llano en llamas, los periodistas, entrevistadores y cientos de curiosos, a la primera oportunidad, le preguntaban por qué había dejado de escribir… y él sabiamente les contestaba: Yo no he dejado de escribir, he dejado de publicar.
<<Leer todo el artículo>>
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El siguiente artículo sobre Vargas Pardo fue publicado en "www.lahuesuda.com".
Qué orilla a un escritor a renunciar a escribir. Qué lo obliga a decir “no”. El asunto es muy complejo, a Juan Rulfo, después de que publicó Pedro Páramo y El Llano en llamas, los periodistas, entrevistadores y cientos de curiosos, a la primera oportunidad, le preguntaban por qué había dejado de escribir… y él sabiamente les contestaba: Yo no he dejado de escribir, he dejado de publicar.
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Pancho Papadas - Del libro de cuentos "Céfero" de Xavier Vargas Pardo
Pancho papadas. Del libro de cuentos "Céfero" de Xavier Vargas Pardo.
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El bombín - Del libro de cuentos "Céfero" de Xavier Vargas Pardo
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El muchacho tenía apenas unos once años y estaba más desbozalado que un matancero de profesión.
Su gusto era hacer maldades, y si no había más, se las hacía él mismo. Allí, en la casa del finao don Prisciliano, pariente mío no muy retirado, contaba con un buen tramo de patio y de corral para hacer sus diabluras; pero no, había de andar por las calles en puras vagancias aunque le rajaran las nalgas con una vara de membrillo por lo menos dieciséis veces a la semana. Doña Librada lo arremilgaba más de la cuenta; desde que murió el buen hombre de su esposo —a quien Dios tenga en su Santa Gloria—, tenía consentido al mocoso quesque porque era el vivo retrato del finao y lo quería traer vestido como si fuera persona mayor: zapatos rechinones con botonadura de
José Rubén Romero
| José Rubén Romero |
José Rubén Romero es uno de los escritores más populares y simpáticos del México de nuestro tiempo. Con vivacidad, con gracia y con picardía, a las que agrega un fondo de sentimiento y humana comprensión, nos ha dado una visión palpitante y pintoresca de la vida de la provincia mexicana, en particular del Estado de Michoacán, que tiene, en sus valores humanos, una cierta universalidad.
Su estilo es de gran sencillez, y en él se mezclan dos corrientes sanas y vivificantes: la corriente popular, que en el uso diario va forjando frases pintorescas y elocuentes, con algo de la flexibilidad y el sabor de un refrán, y la corriente culta, en cuya disciplina el escritor, a ejemplo de los clásicos, aspira a una facilidad y a una fluidez que, al mismo tiempo que hace transparente su pensamiento, atrae, como una cortesía, al lector.
José Rubén Romero ocupa un lugar importante dentro de la gran tradición de novelistas mexicanos que han escrito principalmente para regocijo y entretenimiento del público lector; escritores que a los éxitos puramente académicos prefirieron siempre la comprensión y la simpatía de los que buscan en la lectura, más que información o ciencia, un momento de solaz y esparcimiento. Noble tradición a la que nuestra literatura debe algunas de sus obras más famosas: El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), Astucia, el jefe de los hermanos de la hoja, de Luís G. Inclán (1816-1875), Los Bandidos de Río Frío, de Manuel Payno (1810-1894), hasta llegar a los sutiles cuadros de costumbres de Ángel de Campo (1868-1908) y las narraciones más conmovedoras de la Revolución Mexicana.
Romero ha logrado enriquecer la galería de tipos mexicanos que, más por sus defectos que por sus virtudes, ha ido sancionando el gusto y la imaginación populares. A esa galería, formada durante siglo y medio —que inauguran gloriosamente “El Periquillo Sarniento” y “Don Catrín de la Fachenda”, de Fernández de Lizardi, y que llega en nuestros días hasta el “Canillitas”, de Artemio de Valle Arizpe— ha contribuido José Rubén Romero con el famoso Pito Pérez, que después de divertir a los lectores de los libros en que se cuentan sus debilidades y sus ocurrencias, ha pasado a la vida de la pantalla para deleite de los públicos del cine mexicano, dentro y fuera de México.
La obra de José Rubén Romero, fácil, entretenida, humana, con rasgos de picardía y luces de sentimiento, con la filosofía y la piedad que la vida, y el escepticismo y la ironía que destila la experiencia, tiene un lugar en el fondo permanente de la literatura mexicana, y así como deleita ahora a sus lectores, se puede predecir que seguirá deleitando a todos los que quieran conocer y explicarse nuestra alma, nuestra vida y nuestras costumbres.
Dr. Antonio Castro Leal
No es difícil encontrar en Internet información biográfica sobre este escritor, pero creo que la mejor forma de conocerlo es leyendo sus novelas. En ellas, él mismo nos cuenta, con su característico estilo narrativo, su vida y sus andanzas en las distintas épocas de su vida; desde su infancia, hasta su madurez.
Su estilo es de gran sencillez, y en él se mezclan dos corrientes sanas y vivificantes: la corriente popular, que en el uso diario va forjando frases pintorescas y elocuentes, con algo de la flexibilidad y el sabor de un refrán, y la corriente culta, en cuya disciplina el escritor, a ejemplo de los clásicos, aspira a una facilidad y a una fluidez que, al mismo tiempo que hace transparente su pensamiento, atrae, como una cortesía, al lector.
José Rubén Romero ocupa un lugar importante dentro de la gran tradición de novelistas mexicanos que han escrito principalmente para regocijo y entretenimiento del público lector; escritores que a los éxitos puramente académicos prefirieron siempre la comprensión y la simpatía de los que buscan en la lectura, más que información o ciencia, un momento de solaz y esparcimiento. Noble tradición a la que nuestra literatura debe algunas de sus obras más famosas: El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), Astucia, el jefe de los hermanos de la hoja, de Luís G. Inclán (1816-1875), Los Bandidos de Río Frío, de Manuel Payno (1810-1894), hasta llegar a los sutiles cuadros de costumbres de Ángel de Campo (1868-1908) y las narraciones más conmovedoras de la Revolución Mexicana.
Romero ha logrado enriquecer la galería de tipos mexicanos que, más por sus defectos que por sus virtudes, ha ido sancionando el gusto y la imaginación populares. A esa galería, formada durante siglo y medio —que inauguran gloriosamente “El Periquillo Sarniento” y “Don Catrín de la Fachenda”, de Fernández de Lizardi, y que llega en nuestros días hasta el “Canillitas”, de Artemio de Valle Arizpe— ha contribuido José Rubén Romero con el famoso Pito Pérez, que después de divertir a los lectores de los libros en que se cuentan sus debilidades y sus ocurrencias, ha pasado a la vida de la pantalla para deleite de los públicos del cine mexicano, dentro y fuera de México.
La obra de José Rubén Romero, fácil, entretenida, humana, con rasgos de picardía y luces de sentimiento, con la filosofía y la piedad que la vida, y el escepticismo y la ironía que destila la experiencia, tiene un lugar en el fondo permanente de la literatura mexicana, y así como deleita ahora a sus lectores, se puede predecir que seguirá deleitando a todos los que quieran conocer y explicarse nuestra alma, nuestra vida y nuestras costumbres.
Dr. Antonio Castro Leal
No es difícil encontrar en Internet información biográfica sobre este escritor, pero creo que la mejor forma de conocerlo es leyendo sus novelas. En ellas, él mismo nos cuenta, con su característico estilo narrativo, su vida y sus andanzas en las distintas épocas de su vida; desde su infancia, hasta su madurez.
José Rubén Romero - Apuntes de un lugareño
1932.—Mi primer libro en prosa fueron los “Apuntes de un lugareño”, que dicté en Barcelona, ausente de la patria, recordándola a toda hora. De los desvanes oscuros de mi memoria fui extrayendo recuerdos de infancia, ropas raídas por la miseria, prendas inútiles, retratos cubiertos de polvo, miniaturas de mujeres rotas por el olvido y paisajes arañados por la mano cruel del tiempo. Al evocar estos años de mi vida, tan lejos de mi pueblo, emocionábame profundamente, pero no me interesaba describirlos. Quería pasar por ellos de prisa, para llegar a los capítulos de las ingratitudes políticas y desahogar la amargura de mi destierro. Entonces, de un soplo apagué las lámparas que ardían en el altar de mis más caros afectos y que, sin merecerlo, iluminaban los retratos de todos mis amigos desleales.Palabras leídas por José Rubén Romero en el “Lyceum y Lawn Tennis Club” de la Habana, el 28 de abril de 1942.
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Chila
La de Chila era la única casa en mitad de aquel estrecho callejón —sin salida al fondo— por el que difícilmente se podía transitar. El agua de la temporada de lluvias y la que escurría de "los tanques" de la calle Morelos la mayor parte del año, corría por el susodicho callejón hasta perderse en una alcantarilla allá, en el fondo.
Era este un callejón de algunos tres metros de ancho y treinta o cuarenta de fondo; sin empedrado ni mucho menos banquetas y con bardas de adobe semiderruidas cubiertas de hierba. Del fangoso suelo únicamente sobresalía el caminito de piedras que la misma Chila se había construido para el ir y venir entre la calle y su casa.
Era Chila una mujer bajita de algunos sesenta años, más bien gordita y de tez blanca. Siempre vestida de negro con ropajes a la usanza antigua, como se acostumbraba a principios del siglo pasado. En su casa trajinaba con la cabeza descubierta. Cabeza de abundante cabello; cabello entre negro y cano que se dejaba crecer hasta la mitad de la espalda, y que cubría con un mantón negro para asistir a los oficios religiosos que se celebraban en el Santuario del Sagrado Corazón, que era para lo único que salía de su casa.
Era la cara de Chila la de una anciana de aspecto agradable y bonachón; redonda, blanca y apacible. No tenía cejas. Pero eso para ella no era problema, ya que solucionaba ese pequeño detalle pintándoselas ella misma con un dedazo del tizne de una olla, o del mismo comal, que siempre tenía sobre el fogón. La misma blancura de su piel hacía que resaltaran aquellas enormes cejas entiznadas, dándole la apariencia de mono de ventrílocuo.
Jamás le conocí pariente alguno, ni visita que no fuéramos mi abuelita y yo. ¿De qué vivía? ¿Qué comía? No lo sé. Mi abuelita Sabina ocasionalmente le llevaba algo de lo que ella cocinaba, pero no siempre. Quizá algunas otras vecinas harían lo mismo. No lo sé. La primera vez que entré a la casa de Chila fue por esa razón; mi abuelita le llevó algo de comer.
Era, la de Chila, una vieja casa de adobes que hacía un gran esfuerzo para sostenerse en pie, al tiempo que sus derruidas paredes hacían malabares para no dejar caer el techo de carrizos y tejas que sostenían. Ya no se podía entrar por la puerta. Aquella puerta carcomida por los años y la polilla estaba pegada al suelo, aplastada por el peso del dintel que ya no tenía dónde apoyarse. Había que entrar por el hueco dejado por los adobes caídos de la barda a un lado de la puerta. Hueco, por cierto, más amplio que la entrada original.
Entrando, un pequeño corredor de unos cuantos pasos. A mano izquierda un portal y el acceso al dormitorio de Chila. Al frente un pequeño patio, devorado por completo por la sombra de una parra sostenida a unos dos metros de altura, sobre una cama hecha con carrizos, trozos de madera y alambre, de ese para hacer los corrales a las gallinas. Ese día no tenía uvas.
Más al fondo, pasando la enramada, la cocina; con leña ardiendo en su fogón y algo que hervía en una olla de barro. En sus paredes podía apreciarse, —donde el hollín lo permitía—, lo que había sido una pintura como de flores dibujadas... como simulando papel tapiz. Pequeñas ollitas y cazuelitas de barro colgaban de las paredes. Ocultas tras gruesa capa de hollín, habían quedado la brillantez de la laca y la obra del artesano que plasmara en ellas sus artísticos decorados.
Toda la casa tenía piso de baldosa de barro, —o de jarro—, como le dicen acá. Baldosas siempre húmedas y cubiertas de musgo y lama, sobre las que había que caminar con las uñas de los pies hincadas en las suelas de los zapatos, para hacernos la ilusión de que así no vamos a resbalar.
Entrar al dormitorio de Chila era como entrar en otro mundo. Un cuarto oscuro, húmedo y sin ventanas. Una vieja cama de latón en la que no quedaba el menor vestigio de lo que fuera su dorada y brillante cubierta. A un lado de la cama, para alumbrarse de noche, un aparato de petróleo sobre un banquito de madera de tres patas. En las paredes colgaban viejos marcos, cuadrados algunos, ovalados otros, hechos de madera tallada, pero ya todos sin el brillo del barniz. Algunos conservaban aún sus vidrios aprisionando antiguos personajes que quizá luchaban por no desaparecer diluidos en el papel amarillento, o quizá, por qué no, felices de desaparecer y poder escapar por siempre de su prisión. Fotos de familiares quizá, o de la misma Chila en sus años de mocedad. Lo único nuevo que pude apreciar en aquel cuarto fue un calendario de "La Moderna" de ese mismo año, en el que pude leer; "Feliz año 1966".
Tenía Chila en un rincón de su cuarto un viejo y enorme baúl de madera —de esos que yo había visto en los cuentos de piratas— y que estando abierto, pude ver que contenía ropa vieja y arrugada, toda de color negro. Junto al baúl había un armario que no me gustó porque no tenía espejos, como el ropero de mi casa. En otro rincón tenía esta señora un otate de unos dos metros con unas tijeras atadas con un hilacho en un extremo. No resistí la curiosidad y le pregunté para qué servía eso. "Es para espantar a los malos espíritus que vienen en las noches a robarme el sueño", me dijo Chila muy seria. Y sí, yo no entendí de qué se trataba eso de los malos espíritus, pero esa vez y otras muchas que fui a visitar a Chila, le escuché contarle a mi abuelita de los espíritus y apariciones que no la dejaban conciliar el sueño, y pasaba las noches en vela tratando de echarlos de su cuarto con rezos y el otate de las tijeras. Pero así como algunas veces los espíritus huían al primer rezo o amague de tijerazo, muchas otras solamente les hacía huir el canto de los gallos con la llegada del alba. Era entonces cuando Chila caía exhausta de cansancio y de sueño.
Los chiquillos del barrio le decían Chila la loca. Yo jamás lo hice. Mi abuelita me enseñó a respetar siempre a las personas mayores, y a todas, desde luego. Pero en más de una ocasión escuché a algunas de estas personas mayores decir que era verdad que Chila estaba loca. Lo cierto es que la mayoría de los chiquillos le temían. Le temían sin razón, porque yo nunca escuché a Chila decirle o hacerle algo a ninguno. Y la veíamos con mucha frecuencia dado que el callejón era una de nuestras áreas de juegos preferidas. Tampoco tuve conocimiento de que le dijera o hiciera algo malo a nadie del vecindario. Y sin embargo decían que estaba loca.
Decían que estaba loca porque iba por la calle hablando sola. ¡Vaya tontería! Quienes así la juzgaban no alcanzaban a comprender que no hablaba sola. Hablaba consigo misma. Hablaba quizá con algún ser querido que en su mente le acompañaba siempre.
Decían que estaba loca porque creía en fantasmas. ¡Vaya tontería! Todos tenemos nuestros propios fantasmas... son nuestros miedos disfrazados. Habría qué ver quién está más loco, si quienes los evadimos o quien los enfrenta y habla con ellos. Si quienes nos escondemos bajo las cobijas y no nos dejan dormir ni de día ni de noche, o quien les declara la guerra a tijerazos peleando por su sueño.
Vivir una soledad de tantos años como la de Chila, hace que cualquiera comience a hablar solo. Que comience a crear fantasmas para platicar o pelear con ellos. Cualquier cosa para no estar solo.
Decían que estaba loca. Pero nunca supe de alguien, además de mi abuelita, que se sentara largas horas a platicar con ella. Que le prestara atención y escuchara sus barahúndas. Que se preocupara por saber si no estaba enferma o si tenía qué comer.
En ese 1966 no podía comprender la personalidad de Chila, pero ahora, cuarenta y tantos años después, cuando he sentido las heladas manos de la soledad cerrándose sobre mi cuello, la comprendo. Pero yo no hablo solo aunque muchos así lo crean. No, yo hablo con Chila. Ella es la que viene con su otate, sus rezos y sus tijeras a liberarme de mis fantasmas. Los echa de mi vida para que así yo pueda dormir tranquilo.
D'laCroix.
D'laCroix.
A la memoria de Chila.
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