Cuando veo - me decía el anciano médico mi amigo, apoyando la barba en el dorso de las manos que descansaban sobre el puño de marfil de su bastón de ébano, sentados los dos en la banca más sombría del parque, una noche en que por entre el follaje espeso esparcía la banda militar sus jocundas fanfarrias- cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas a estas madres sanas, alegres, triunfales, porque sus niñas de nada carecen, porque pueden satisfacerles todos los caprichos, porque las aguarda tal vez un matrimonio honroso que se celebrará con toda la pompa de los rituales mundanos, recuerdo enseguida a aquella otra madre desdichada, a quién, en los primeros años del profesorado, asistí en su enfermedad mortal –un caso de hipertrofia del corazón- y quien me hizo la confidencia de la última era de su vida, allá en la mareante y portentosa ciudad de las audacias imprevistas… Esta
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Héctor Canales - El más feliz
Un día, el último día del año, se encontraron en uno de esos inmensos basureros que existen en las grandes ciudades, cuatro mendigos congregados alrededor de una hoguera.
Uno de ellos ―que era ciego― recordando la fecha, empezó a decir:
―”Otro año que pasa y yo estoy un paso más cerca de la muerte. Esta noche, muchos de los que viven en la ciudad harán un recuento de las obras realizadas durante el año que termina y son muy pocos los que se sentirán verdaderamente satisfechos. Pero gente como nosotros, yo especialmente, gracias a mi ceguera, puedo decir que he gozado uno de los más felices años de mi existencia”.
Cuentos escogidos panameños - Darío Herrera
La nueva Leda
La tarde está linda, mamá; hoy no siento fatiga, no he tosido desde esta mañana… ¿Ves? Respiro muy bien, y creo que pronto estaré bien. Déjame ir a Palermo: no es día de corso y el paseo me pondrá mejor… te lo aseguro.
La Bestia
El leve movimiento de una mano sobre mi hombro me despertó de mi inquieto sueño… era mi compañero que señalaba la entrada de nuestro refugio para decirme, sin palabras, que ya la noche estaba cayendo. Miré hacia afuera, me volví hacia él y asentí con la cabeza.
Ya no recuerdo cuánto tiempo llevábamos así; viviendo en esa zozobra, escondidos de día y saliendo sólo de noche para conseguir algo de alimento para nuestras familias.
Recuerdo que éramos más de 100 habitantes en nuestra colonia. Ahora sólo quedábamos unos cuantos. 14, para ser exactos, entre pequeños y adultos. Los demás habían sido devorados por “la bestia”.
Recuerdo que éramos más de 100 habitantes en nuestra colonia. Ahora sólo quedábamos unos cuantos. 14, para ser exactos, entre pequeños y adultos. Los demás habían sido devorados por “la bestia”.
Había más colonias y más refugios, pero a ciencia cierta no sabría decir cuántos habitantes quedaban vivos aún.
Sí, “la bestia”. Un enorme y feroz animal que desde hacía meses merodeaba por
Pancho Papadas - Del libro de cuentos "Céfero" de Xavier Vargas Pardo
Pancho papadas. Del libro de cuentos "Céfero" de Xavier Vargas Pardo.
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El bombín - Del libro de cuentos "Céfero" de Xavier Vargas Pardo
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El muchacho tenía apenas unos once años y estaba más desbozalado que un matancero de profesión.
Su gusto era hacer maldades, y si no había más, se las hacía él mismo. Allí, en la casa del finao don Prisciliano, pariente mío no muy retirado, contaba con un buen tramo de patio y de corral para hacer sus diabluras; pero no, había de andar por las calles en puras vagancias aunque le rajaran las nalgas con una vara de membrillo por lo menos dieciséis veces a la semana. Doña Librada lo arremilgaba más de la cuenta; desde que murió el buen hombre de su esposo —a quien Dios tenga en su Santa Gloria—, tenía consentido al mocoso quesque porque era el vivo retrato del finao y lo quería traer vestido como si fuera persona mayor: zapatos rechinones con botonadura de
Héctor Canales - Apariciones (cuento)
¡Si supieran qué miedo puede tener
un fantasma de los hombres!...
un fantasma de los hombres!...
T.S. ELLIOT
Una noche salí a dar un paseo por el bosque. Sumido en mis pensamientos, sin darme cuenta me alejé demasiado y al intentar regresar no supe cómo hacerlo. Era tan densa la obscuridad que no podía distinguir nada que pudiera orientarme. Caminé sin rumbo, tropezando a cada paso; los arbustos me desgarraban la ropa y la piel pero yo no sentía ningún dolor, seguía adelante, desesperado. El miedo se apoderó de mí y de pronto me sentí corriendo como un poseído, ni una luz, ni un edificio, nada que me indicara como llegar al caserío.
Habíamos llegado dos días antes a aquel poblado y nos hospedábamos en la casa de unos parientes a la orilla del bosque. Ahí mismo, en las conversaciones que sostuvimos después de la cena, me habían advertido del riesgo que corría todo aquel que se atreviera a penetrar de noche en el bosque. Recordaba aún, algunos fragmentos de aquellas historias de fantasmas, brujas y demonios.
Continué mi desenfrenada carrera, imaginando que era perseguido por una legión de seres de ultratumba. De pronto, distinguí a lo lejos el resplandor de una hoguera y hacia allá encaminé mis pasos. Al acercarme escuché voces y risas, sólo entonces me detuve para recuperar un poco el aliento y la calma.
Penetró en mi cerebro como un relámpago, al acercarme, la idea de que aquello fuera una reunión de brujas en medio del bosque, o en el mejor de los casos, una partida de ladrones y asesinos. Pero aquella luz significaba la posibilidad de encontrar el camino de regreso, y me atraía con una fuerza irresistible.
Llegué hasta la orilla de aquel claro del bosque sin hacer ruido. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, me di cuenta de que mis temores eran infundados. Al parecer, aquel era un grupo de campesinos que se disponían a pernoctar en ese lugar. Desechando de mí los últimos vestigios de temor, me acerqué a ellos.
—¡Buenas noches! —dije en voz alta, dirigiéndome a todos.
—¡Buenas noches! —contestaron algunos sin descuidar lo que estaban haciendo, parecía no haberles turbado lo más mínimo mi presencia.
—¿Alguno de ustedes podría indicarme cómo llegar al pueblo?
Entonces todos se volvieron a mirarme, extrañados. Uno de ellos, el que parecía más viejo, separándose del grupo se acercó a mí.
—¿Y para qué deseas ir al pueblo? —dijo, mirándome fijamente a los ojos.
—Es que… me he extraviado y… en casa deben estar preocupados por mi tardanza y… pensé que tal vez… ustedes podrían…
Callé, al ver que el viejo abría desmesuradamente los ojos y, blanco de miedo, preguntó balbuceante:
—¿En… tonces es… es… tas vi… vivo?
Los demás, al escucharlo se quedaron inmóviles, pendientes de mi respuesta.
—¡Claro que sí! —contesté extrañado— ¡Claro que estoy vivo! Entonces al viejo se le pusieron los pelos de punta, e inmediatamente todos desaparecieron.
Habíamos llegado dos días antes a aquel poblado y nos hospedábamos en la casa de unos parientes a la orilla del bosque. Ahí mismo, en las conversaciones que sostuvimos después de la cena, me habían advertido del riesgo que corría todo aquel que se atreviera a penetrar de noche en el bosque. Recordaba aún, algunos fragmentos de aquellas historias de fantasmas, brujas y demonios.
Continué mi desenfrenada carrera, imaginando que era perseguido por una legión de seres de ultratumba. De pronto, distinguí a lo lejos el resplandor de una hoguera y hacia allá encaminé mis pasos. Al acercarme escuché voces y risas, sólo entonces me detuve para recuperar un poco el aliento y la calma.
Penetró en mi cerebro como un relámpago, al acercarme, la idea de que aquello fuera una reunión de brujas en medio del bosque, o en el mejor de los casos, una partida de ladrones y asesinos. Pero aquella luz significaba la posibilidad de encontrar el camino de regreso, y me atraía con una fuerza irresistible.
Llegué hasta la orilla de aquel claro del bosque sin hacer ruido. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, me di cuenta de que mis temores eran infundados. Al parecer, aquel era un grupo de campesinos que se disponían a pernoctar en ese lugar. Desechando de mí los últimos vestigios de temor, me acerqué a ellos.
—¡Buenas noches! —dije en voz alta, dirigiéndome a todos.
—¡Buenas noches! —contestaron algunos sin descuidar lo que estaban haciendo, parecía no haberles turbado lo más mínimo mi presencia.
—¿Alguno de ustedes podría indicarme cómo llegar al pueblo?
Entonces todos se volvieron a mirarme, extrañados. Uno de ellos, el que parecía más viejo, separándose del grupo se acercó a mí.
—¿Y para qué deseas ir al pueblo? —dijo, mirándome fijamente a los ojos.
—Es que… me he extraviado y… en casa deben estar preocupados por mi tardanza y… pensé que tal vez… ustedes podrían…
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—¿En… tonces es… es… tas vi… vivo?
Los demás, al escucharlo se quedaron inmóviles, pendientes de mi respuesta.
—¡Claro que sí! —contesté extrañado— ¡Claro que estoy vivo! Entonces al viejo se le pusieron los pelos de punta, e inmediatamente todos desaparecieron.
Héctor Canales - La puerta (cuento)
No comprendo qué extraña voluntad me trajo a este planeta, habiendo tantos otros en el universo. Presiento que en algún lugar hay una puerta con mi nombre escrito, y que al cruzarla, dejaré atrás mis ataduras.
He subido y bajado miles de escaleras, me he perdido en interminables laberintos; he practicado las más rigurosas disciplinas y seguido la huella de los más santos maestros: de este lugar no me he movido.
Leí en un antiguo manuscrito, que en el color está la clave. Y el color me llevó al movimiento, y el movimiento a la música; no obstante desperté aturdido en ese mismo lugar.
Al principio fue el verbo, me susurraron al oído. Y el verbo me llevó al color, y el color nuevamente al movimiento, y el movimiento al sonido, y el sonido a la música, y la música al espacio, y el espacio al vacío, y el vacío a la realidad, y la realidad, me despertó bruscamente en este mismo sitio.
Fue entonces, que decidí mandar hacer una puerta con mi nombre escrito en ella, y la puse sobre un de los muros de mi habitación.
Desde ese día, todas las mañanas, al despertarme, corro a abrir la puerta… pero el muro sigue ahí.
Tal vez mañana —pienso —… y vuelvo a cerrarla.
He subido y bajado miles de escaleras, me he perdido en interminables laberintos; he practicado las más rigurosas disciplinas y seguido la huella de los más santos maestros: de este lugar no me he movido.
Leí en un antiguo manuscrito, que en el color está la clave. Y el color me llevó al movimiento, y el movimiento a la música; no obstante desperté aturdido en ese mismo lugar.
Al principio fue el verbo, me susurraron al oído. Y el verbo me llevó al color, y el color nuevamente al movimiento, y el movimiento al sonido, y el sonido a la música, y la música al espacio, y el espacio al vacío, y el vacío a la realidad, y la realidad, me despertó bruscamente en este mismo sitio.
Fue entonces, que decidí mandar hacer una puerta con mi nombre escrito en ella, y la puse sobre un de los muros de mi habitación.
Desde ese día, todas las mañanas, al despertarme, corro a abrir la puerta… pero el muro sigue ahí.
Tal vez mañana —pienso —… y vuelvo a cerrarla.
Héctor Canales - Diario de viaje (cuento)
Allá lejos, el mundo
desierto y solitario ocupa su sitio,
hundido en una fosa profunda
NOVALIS
Nadie sino yo podrá decir qué de lo que aquí está escrito es verdad y qué es mentira, porque sólo yo que en este momento escribo conozco la manera exacta de descifrar lo que se lee a continuación. Fue en el mes de julio de un año a finales del presente siglo. Maer no estaba en la tierra por esos días y yo nunca he viajado más allá de las estrellas. Para esas fechas preparaba apenas mi equipaje con esa firme intención, aunque madie más lo sabía. Las condiciones me eran adversas y eso precisamente hacía que el viaje fuera indispensable. No entiendo por qué esa maldita necedad de los seres humanos; ese estúpido empeño de negarse la posibilidad de ser felices, realmente no lo entiendo, pero en fin. He seleccionado ya a mi compañera de viaje, aunque esto me ha provocado un dolor intenso en la raíz primera, ¡maldición! Y yo sin saber qué hacer con los zapatos y con ada uno de los cabellos que me obstruyen la garganta. Pulir, pulir, pulir todos los días hasta que el brillo oscuro me deslumbre.
Poco a poco se desprenden los dedos de mi mano, es difícil sportar este dolor pero afortunadamente aún no he muerto y he de vivir hasta que todos y cada uno de mis miembros se hayan separado de mi y me rechacen, hasta que de mi cuerpo no quede ni la osamenta; hasta que el polvo vuelva al polvo.
Estuve esperando algunas horas y no supe en qué momento me ganó el sueño, hoy es ya otro día y espero tranquilamente la hora de perderlo. Sólo para mí es la rara sensación que me invade, por cada fracción de vida que se desprende de este cuerpo que me aprisiona; sólo para mí es el miedo lamiéndome la espalda centímetro a centímetro; sólo para mí el sabor del ácido que corroe mi entrañas.
La curiosidad se ha disuelto y resbala por mis ojos carcomidos por la certeza de la confusión de un mi dios perdido en la casa de los espejos. Quisiera hablar, pero no puedo, pues la rata que tengo en vez de lengua, me lo impide, finalmente me la tragaré y quedaré mudo para siempre, aunque nada quede para siempre.
Desde aquí estoy mirando un frasco de vidrio, la cámara fotográfica y un reloj redondo que marca la circularidad de un tiempo inexistente y relativo. El pedestal de la esfera que habito es de metal corriente, endeble sostén de un mundo hueco. La luz, que bien podría ser la sombra de la sombra, corre por la alfombra y mis ojos la persiguen hasta que se esconde debajo de un viejo y arrugado pensamiento que duerme sobre una hoja de papel. La desnuda nariz, desnuda de pétalos a las flores marchitas...
Es hora de emprender el viaje a lo desconocido, porque aquí, irremediablemente la bolita seguirá moviéndose por los siglos de los siglos.
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