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Héctor Canales - El más feliz

Un día, el último día del año, se encontraron en uno de esos inmensos basureros que existen en las grandes ciudades, cuatro mendigos congregados alrededor de una hoguera.

Uno de ellos ―que era ciego― recordando la fecha, empezó a decir:

―”Otro año que pasa y yo estoy un paso más cerca de la muerte. Esta noche, muchos de los que viven en la ciudad harán un recuento de las obras realizadas durante el año que termina y son muy pocos los que se sentirán verdaderamente satisfechos. Pero gente como nosotros, yo especialmente, gracias a mi ceguera, puedo decir que he gozado uno de los más felices años de mi existencia”.

Héctor Canales - Apariciones (cuento)

¡Si supieran qué miedo puede tener
un fantasma de los hombres!...
 
T.S. ELLIOT

     Una noche salí a dar un paseo por el bosque. Sumido en mis pensamientos, sin darme cuenta me alejé demasiado y al intentar regresar no supe cómo hacerlo. Era tan densa la obscuridad que no podía distinguir nada que pudiera orientarme. Caminé sin rumbo, tropezando a cada paso; los arbustos me desgarraban la ropa y la piel pero yo no sentía ningún dolor, seguía adelante, desesperado. El miedo se apoderó de mí y de pronto me sentí corriendo como un poseído, ni una luz, ni un edificio, nada que me indicara como llegar al caserío.

Habíamos llegado dos días antes a aquel poblado y nos hospedábamos en la casa de unos parientes a la orilla del bosque. Ahí mismo, en las conversaciones que sostuvimos después de la cena, me habían advertido del riesgo que corría todo aquel que se atreviera a penetrar de noche en el bosque. Recordaba aún, algunos fragmentos de aquellas historias de fantasmas, brujas y demonios.
 

     Continué mi desenfrenada carrera, imaginando que era perseguido por una legión de seres de ultratumba. De pronto, distinguí a lo lejos el resplandor de una hoguera y hacia allá encaminé mis pasos. Al acercarme escuché voces y risas, sólo entonces me detuve para recuperar un poco el aliento y la calma.
 

     Penetró en mi cerebro como un relámpago, al acercarme, la idea de que aquello fuera una reunión de brujas en medio del bosque, o en el mejor de los casos, una partida de ladrones y asesinos. Pero aquella luz significaba la posibilidad de encontrar el camino de regreso, y me atraía con una fuerza irresistible.
 

     Llegué hasta la orilla de aquel claro del bosque sin hacer ruido. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, me di cuenta de que mis temores eran infundados. Al parecer, aquel era un grupo de campesinos que se disponían a pernoctar en ese lugar. Desechando de mí los últimos vestigios de temor, me acerqué a ellos.
 

     —¡Buenas noches! —dije en voz alta, dirigiéndome a todos. 
     
    —¡Buenas noches! —contestaron algunos sin descuidar lo que estaban haciendo, parecía no haberles turbado lo más mínimo mi presencia.
 

     —¿Alguno de ustedes podría indicarme cómo llegar al pueblo?
 

     Entonces todos se volvieron a mirarme, extrañados. Uno de ellos, el que parecía más viejo, separándose del grupo se acercó a mí.
 

     —¿Y para qué deseas ir al pueblo? —dijo, mirándome fijamente a los ojos.
 

     —Es que… me he extraviado y… en casa deben estar preocupados por mi tardanza y… pensé que tal vez… ustedes podrían…
 

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     Callé, al ver que el viejo abría desmesuradamente los ojos y, blanco de miedo, preguntó balbuceante:

     —¿En… tonces es… es… tas vi… vivo?
 

     Los demás, al escucharlo se quedaron inmóviles, pendientes de mi respuesta.
     
     —¡Claro que sí! —contesté extrañado— ¡Claro que estoy vivo! Entonces al viejo se le pusieron los pelos de punta, e inmediatamente todos desaparecieron.

Héctor Canales González (Cuentista)


Nació en El Grullo, Jalisco, en el año de 1949 y radica en Zamora, Michoacán, desde 1966.

Miembro fundador y primer director de La Casa de la Cultura del Valle de Zamora.

Miembro fundador de la Corresponsalía en Zamora de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística “Alfonso García Robles” en 1988, y presidente de la misma en el periodo 1992-1993.

Participó en el Encuentro Latinoamericano de Narradores (1985), en el V Encuentro Estatal de Cuentistas y Narradores (1989) y en el V Encuentro Internacional de Narrativa (1990), realizados en la ciudad de Morelia, Michoacán.

Participó en el Primer Encuentro de Poetas, en Zamora, 1997.

Director de la revista Signos y de la editorial del mismo nombre.

Ha publicado en revistas y periódicos de la ciudad de México, Zacatecas, Jalisco y Michoacán.

Miembro del Consejo de redacción y colaborador del semanario Guía, 1980-1982 y del suplemento Las Ventanas, 1977-1982.

Director ejecutivo del periódico Identidad, 1989.

Miembro del Consejo de redacción de la revista Hontanar, 1991-1992.

Miembro fundador de la Correspondiente en Zamora del Seminario de Cultura Mexicana.

Miembro fundador y Secretario del Consejo Municipal para la Cultura y las Artes de Zamora.

Director del suplemento Dominó, del diario Z de Zamora, 2001-2002.

Ha publicado:

Apariciones (cuentos), 1981.

13 Cuentos, 1984.

Maniático y obsesionado (opemas y prosemas), 1985.

Justo a tiempo (cuentos cortos), 1988.

El más feliz (cuentos), 1989.

Diario de viaje (relatos), 1999.

Epílogo del vuelo (poemas), 2002.

Deseada carne (textos breves), 2006.

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Héctor Canales - La puerta (cuento)

No comprendo qué extraña voluntad me trajo a este planeta, habiendo tantos otros en el universo. Presiento que en algún lugar hay una puerta con mi nombre escrito, y que al cruzarla, dejaré atrás mis ataduras.

He subido y bajado miles de escaleras, me he perdido en interminables laberintos; he practicado las más rigurosas disciplinas y seguido la huella de los más santos maestros: de este lugar no me he movido.
 

Leí en un antiguo manuscrito, que en el color está la clave. Y el color me llevó al movimiento, y el movimiento a la música; no obstante desperté aturdido en ese mismo lugar.
 

Al principio fue el verbo, me susurraron al oído. Y el verbo me llevó al color, y el color nuevamente al movimiento, y el movimiento al sonido, y el sonido a la música, y la música al espacio, y el espacio al vacío, y el vacío a la realidad, y la realidad, me despertó bruscamente en este mismo sitio.
 

Fue entonces, que decidí mandar hacer una puerta con mi nombre escrito en ella, y la puse sobre un de los muros de mi habitación.
Desde ese día, todas las mañanas, al despertarme, corro a abrir la puerta… pero el muro sigue ahí.
 

Tal vez mañana —pienso —… y vuelvo a cerrarla.

Héctor Canales - Diario de viaje (cuento)

 Allá lejos, el mundo
desierto y solitario ocupa su sitio,
hundido en una fosa profunda

NOVALIS

Nadie sino yo podrá decir qué de lo que aquí está escrito es verdad y qué es mentira, porque sólo yo que en este momento escribo conozco la manera exacta de descifrar lo que se lee a continuación. Fue en el mes de julio de un año a finales del presente siglo. Maer no estaba en la tierra por esos días y yo nunca he viajado más allá de las estrellas. Para esas fechas preparaba apenas mi equipaje con esa firme intención, aunque madie más lo sabía. Las condiciones me eran adversas y eso precisamente hacía que el viaje fuera indispensable. No entiendo por qué esa maldita necedad de los seres humanos; ese estúpido empeño de negarse la posibilidad de ser felices, realmente no lo entiendo, pero en fin. He seleccionado ya a mi compañera de viaje, aunque esto me ha provocado un dolor intenso en la raíz primera, ¡maldición! Y yo sin saber qué hacer con los zapatos y con ada uno de los cabellos que me obstruyen la garganta. Pulir, pulir, pulir todos los días hasta que el brillo oscuro me deslumbre.

Poco a poco se desprenden los dedos de mi mano, es difícil sportar este dolor pero afortunadamente aún no he muerto y he de vivir hasta que todos y cada uno de mis miembros se hayan separado de mi y me rechacen, hasta que de mi cuerpo no quede ni la osamenta; hasta que el polvo vuelva al polvo.
Estuve esperando algunas horas y no supe en qué momento me ganó el sueño, hoy es ya otro día y espero tranquilamente la hora de perderlo. Sólo para mí es la rara sensación que me invade, por cada fracción de vida que se desprende de este cuerpo que me aprisiona; sólo para mí es el miedo lamiéndome la espalda centímetro a centímetro; sólo para mí el sabor del ácido que corroe mi entrañas.
La curiosidad se ha disuelto y resbala por mis ojos carcomidos por la certeza de la confusión de un mi dios perdido en la casa de los espejos. Quisiera hablar, pero no puedo, pues la rata que tengo en vez de lengua, me lo impide, finalmente me la tragaré y quedaré mudo para siempre, aunque nada quede para siempre.
Desde aquí estoy mirando un frasco de vidrio, la cámara fotográfica y un reloj redondo que marca la circularidad de un tiempo inexistente y relativo. El pedestal de la esfera que habito es de metal corriente, endeble sostén de un mundo hueco. La luz, que bien podría ser la sombra de la sombra, corre por la alfombra y mis ojos la persiguen hasta que se esconde debajo de un viejo y arrugado pensamiento que duerme sobre una hoja de papel. La desnuda nariz, desnuda de pétalos a las flores marchitas...
Es hora de emprender el viaje a lo desconocido, porque aquí, irremediablemente la bolita seguirá moviéndose por los siglos de los siglos.