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El muchacho tenía apenas unos once años y estaba más desbozalado que un matancero de profesión.
Su gusto era hacer maldades, y si no había más, se las hacía él mismo. Allí, en la casa del finao don Prisciliano, pariente mío no muy retirado, contaba con un buen tramo de patio y de corral para hacer sus diabluras; pero no, había de andar por las calles en puras vagancias aunque le rajaran las nalgas con una vara de membrillo por lo menos dieciséis veces a la semana. Doña Librada lo arremilgaba más de la cuenta; desde que murió el buen hombre de su esposo —a quien Dios tenga en su Santa Gloria—, tenía consentido al mocoso quesque porque era el vivo retrato del finao y lo quería traer vestido como si fuera persona mayor: zapatos rechinones con botonadura de